Fuente y Cumbre #4 – Acto penitencial

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Fuente y Cumbre #4 – Acto penitencial

 

Amigos, continuamos nuestro ciclo de catequesis simples sobre el tema de la celebración de la Eucaristía. La siguiente parte de la Misa es la invitación, por parte del sacerdote que preside, al acto de contrición.

El acto de contrición tiene un papel muy importante y significativo. Mirad que estamos ante Dios. Si somos conscientes de ello, nos daremos cuenta de nuestra indignidad, de nuestra miseria, debilidad, de nuestro pecado, pues estamos ante Dios. Recordamos el texto bíblico, la historia de Moisés escrita en el Libro del Éxodo, cuando escucha una voz: “Moisés, quítate las sandalias, pues el lugar sobre el que estás es tierra sagrada”. Estamos ante Dios con esta consciencia de santidad de Dios y de nuestra indignidad. La persona normal reconoce que es pecadora, que es débil, que se equivoca… y es sano reconocer que soy pecador. El papa Francisco dijo bellamente una vez: “Si no pecas, no eres una persona entera. El pecado es característico del ser humano”. Estamos al comienzo de esta misa y mirad, hacemos un gesto significativo: nos golpeamos el pecho. Cada uno de nosotros se golpea el pecho. Nosotros, como personas, muy a menudo echamos a otros en cara sus errores, decimos: “éste ha pecado de esto, aquella es mala”. Durante la misa, cada uno de nosotros dice: “soy pecador”. Cada uno de nosotros se golpea el pecho y dice: “este es el lugar donde tengo que hacer contrición”. Leemos en el salmo: Un corazón afligido, tú no o desprecias, Señor. Un corazón afligido, permitir que Dios sacuda nuestro corazón es increíblemente importante. El misal Romano contemporáneo nos da cuatro formas de acto de contrición. Al principio está la confesión general conocida por todos: Yo confieso, ante Dios todo poderoso, y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Después tenemos una segunda forma de acto de contrición, que dice: Ten misericordia de nosotros, porque hemos pecado contra ti. La tercera forma, es aquella en la que decimos: “Señor, que has sido enviado a sanar a corazones afligidos, ten piedad de nosotros”. El pueblo de Dios responde: “Ten piedad de nosotros”. Finalmente, a veces aplicamos (en muchas parroquias en cada domingo) el rito de la aspersión a los fieles, en el que el sacerdote, celebrante principal, recorre toda la iglesia y hace este gesto significativo de asperjarnos con agua, esto también es una forma de acto de contrición. Después del acto de contrición sigue la glorificación a Dios, la cual expresamos con el canto: Señor, ten piedad; Cristo, ten piedad; Señor, ten piedad. A continuación, cantamos un himno solemne, si se trata de misas dominicales, o misas por alguna gran solemnidad. Entonces nosotros, creyentes, estamos invitados a alabar a Dios: Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. Como leemos en la Introducción General del Misal Romano, es un canto antiguo y precioso. A lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido muchas versiones, pero esta se acogió y esta versión de Gloria a Dios en el Cielo la aplicamos hasta hoy. Tras este canto, que alaba a Jesús, pasamos a la oración llamada “colecta”. Esta oración la pronuncia en nuestro nombre el sacerdote que preside la liturgia. Esta oración recoge la oración de todos nosotros congregados en la Iglesia. Por eso el nombre procede precisamente de este “recoger” en una oración del sacerdote nuestras oraciones. Mirad que al principio es muy importante la llamada del sacerdote: Oremos. Nos quedamos, entonces, por un momento en silencio y es bueno en ese momento pensar: ¿con qué llego hoy a esta misa? ¿Cuáles son mis intenciones? ¿Qué se esconde en mi corazón? Señor Jesús, ¿qué quiero decirte hoy? ¿Qué quiero comunicarte? Bien, si los sacerdotes dejan este momento de silencio, es precisamente para que cada uno de nosotros pueda expresarse. El sacerdote en esta oración vincula también esta oración al día, a la festividad, al tiempo litúrgico, pues esta oración colecta tiene precisamente este significado: vincular a este acontecimiento, a este tiempo litúrgico, aquello que vivimos. A esta oración, que en nuestro nombre pronuncia el sacerdote, todos nosotros respondemos solemnemente Amén, es decir, expresamos nuestro acuerdo con esta oración, la confirmamos, queremos que tú, Señor, nos escuches. Y así sea, Amén.

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