El interior espiritual

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El interior espiritual

La gente a veces no sabe quién es. Ni siquiera saben si son hombres, si son mujeres, no saben si quieren ser sacerdotes, si quieren ser laicos; a veces un sacerdote se confunde y se hace laico, y el laico lleva su vida casi como un religioso. La mezcla de todas estas ideas y todos estos sentimientos se relaciona con que la persona no se posee a sí misma, es decir, no posee su propio interior. Y este interior ahí que formarlo. ¿Cómo se forma el interior?

En el episodio de hoy hablaremos sobre cómo cuidar nuestro interior espiritual, si es que lo hemos descubierto. La persona, en realidad, no se forma tanto desde el exterior, cuanto más desde el interior. Lo más importante es que, en el interior de la persona, está quien es. Hoy no estamos convencidos de esto. Si hoy queremos cambiarnos, decimos que cambiamos nuestro “look”, cambiamos nuestra ropa, cambiamos nuestro traje, peinado, o algo por el estilo, lo que se relaciona con nuestra apariencia exterior, por ejemplo, nuestra silueta, de ahí que todos vayan hoy al gimnasio, a la piscina, a entrenar… Lo que en sí no tiene nada de malo. Pero lo importante es no olvidarse de qué hay en el interior. Pues quién somos no depende del envoltorio en que lo presentemos al mundo. A veces este envoltorio es simplemente erróneo. Alguien es maravillosamente deportista, alguien es muy apuesto, alguien dispone de muchos talentos exteriores, puede organizarse la carrera, es capaz de vérselas con el mundo… Pero en realidad puede que sea una persona muy pequeña, a menudo, como decimos, vacía por dentro. Y por eso la cuestión del interior es para la gente algo muy importante, sobre todo para los cristianos. Así lo fue ya desde la antigüedad, cuando los primeros monjes, en el siglo IV, optaron por irse al desierto, justo para encontrase con Dios y formar el propio interior. El interior decide quién es una persona en su esencia. Por eso también, en el transcurso de nuestra vida, que relativamente pasa rápido, aunque en la juventud no lo sintamos así, en realidad nuestro interior no transcurre. Por eso mismo hay que invertir no sólo en lo exterior. Puede incluso que con el tiempo nos convenzamos de que el exterior no es tan esencial, sino que hay que invertir, es decir, cuidar, el interior. Se puede llamar a este interior la propia identidad, la cual falta a todos. La gente a veces no sabe quién es. Ni siquiera saben si son hombres, si son mujeres, no saben si quieren ser sacerdotes, si quieren ser laicos; a veces un sacerdote se confunde y se hace laico, y el laico lleva su vida casi como un religioso. La mezcla de todas estas ideas y todos estos sentimientos se relaciona con que la persona no se posee a sí misma, es decir, no posee su propio interior. Y este interior ahí que formarlo. ¿Cómo se forma el interior? Es importante no formarlo sólo para uno mismo. Si la persona quiere formar el propio interior, debe hacerlo, sobre todo, en relación con Dios. Descubrir a Dios. Dios, como hemos ido diciendo repetidamente, es nuestro Padre amoroso, Él nos creó para sí. Y hasta que la persona no encuentre un verdadero vínculo con Él, no entenderá quién es, para qué existe, hacia qué se dirige la vida, la cual, en la Tierra, de modo exterior, va hacia la muerte… Digamos lo que digamos al respecto, ésta es la realidad de nuestra vida. Y todo para que invirtamos no sólo en lo exterior, sino en aquello que llamamos interior. La formación de la esfera espiritual es para los cristianos una prioridad. Sobre todo porque con Dios nos encontramos en el interior de la persona, no en el exterior. Por supuesto, puede que alguien, movido por uno u otro acontecimiento de su vida, comience a buscar a Dios, movido en el exterior, pero, en realidad, es esta situación que golpeó el exterior de esta persona, la que le movió interiormente. Y comenzó a sentir algo que antes no sentía. Y precisamente comenzó a descubrir que hay interioridad. Y no se trata aquí solo de un interior estético, de un interior en sentido psicológico… Por supuesto, es difícil apartarlo o separarlo de una manera muy radical. Pero, en realidad, se trata de un nivel de nuestra vida que nosotros llamamos nivel espiritual. No es un nivel meramente psicológico, aunque tiene mucho que ver con la psicología. La persona además es unitaria y todas estas dimensiones convergen en la propia humanidad del hombre, en nuestra personalidad. Sin embargo, es muy importante que podamos separar y saber que la esfera espiritual es algo más que sólo estética, que psicología, incluso que la propia moral. La esfera espiritual es precisamente lo que los monjes de la antigüedad, y anteriormente la Biblia, lo que los cristianos llamamos corazón. No se trata aquí de emociones, a pesar de que ellas, cuando la persona vive algo, sobre todo cuando conoce a otra persona o conoce a Dios, estas emociones en nosotros por supuesto comienzan a actuar y ellas nos acompañan. Somos, como decíamos, unitarios. Pero la esfera espiritual es, digamos, un espacio, a pesar de que no es ningún espacio, no ocupa lugar en nosotros, en nuestro corazón, que distribuye la sangre por el organismo. No se trata de ese corazón, éste es la propiedad, diríamos, intelectual.  Ésta es la esfera del intelecto, que se conecta con la voluntad, con el conocer, con nuestros anhelos, como decíamos en el último episodio, donde la persona decide sobre sí y donde más está ella misma. Esto es el corazón y lo que realmente constituye su identidad. Y como mejor se descubre esta identidad es en Dios. Y por eso, cuando la persona comienza a conocer a Dios, comienza también a conocerse a sí misma. Sólo en el vínculo con Dios, en la relación hacia Dios, la persona puede conocerse, puede formar el propio interior, puede entender quién es verdaderamente y descubrir su camino en la vida. Así sucede que mucha gente hoy no puede encontrar su camino. Sucede a pesar de que sucumben a sus propias debilidades, emociones, deseos, los cuales, desenfrenados, al no ser conducidos por la mente, por el entendimiento, provocan que la persona esté atormentada tras esta vida, cometa gran cantidad de errores. Al final de la vida, cuando se envejece, uno mira a su vida y dice: “esta vida no me ha ido bien, no ha sido una buena vida”. Y por eso sólo en relación con Dios puede descubrirse uno a sí mismo. Tampoco es cosa fácil, pero cuando la persona conoce a Dios, mejor se conoce a sí misma, y cuando mejor se conoce a sí misma, comienza a entender más profundamente su vínculo con Dios. La persona se encuentra con Dios en su alma, en su corazón, en su conciencia, en su interior. Hay que descubrir el propio corazón, sobre el cual también hablaba el mismo Jesús. Hay un fragmento maravilloso que leemos sobre todo en Cuaresma, cuando Jesús habla sobre la oración. Está en el Evangelio según san Mateo. Jesús dice así: “Cuando recéis (y por ello, cuando os encontréis con Dios, dice Mateo), no seáis como los hipócritas. A ellos les gusta levantarse y rezar por las esquinas de las calles y en las sinagogas, para que la gente los vea. Tú, en cambio, si quieres rezar, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a Tu Padre, que está en lo oculto. Y tu padre que ve en lo oculto, te recompensará”. Así cita las palabras de Jesús el evangelista Mateo. Y cuando Jesús habla de esa habitación, no tiene en la mente solamente aquello de que, cuando queramos hablar con Dios, cuando queramos establecer contacto con Él, cuando queremos estar con Él a solas, entremos en la habitación personal, y cerremos tras de sí las puertas para que nadie nos moleste (si bien todas estas indicaciones son correctas y necesarias), pero en realidad Jesús está hablando sobre esa habitación interior: nuestro interior, esta dimensión de nuestra vida personal, donde nos encontramos con nosotros mismos y con Dios. Y por eso precisamente hay que buscar este interior. Hay que intentar alcanzarlo. Por supuesto, no podemos hacerlo finalmente solos. Sin duda, nos ayuda en esto la reflexión sobre nosotros mismo. Y esta reflexión (es muy importante recordarlo) sólo se da cuando tenemos un poco de tiempo libre para nosotros mismos, cuando estamos a solas con uno mismo. Entonces invitamos también a Dios. Hoy mucha gente tiene miedo de estar a solas consigo misma. No sabe muy bien qué ha de hacer. ¿Qué significa buscarse interiormente? En realidad es un don de Dios cuando la persona comienza a ir por su interior, comienza a descubrirlo, como decíamos anteriormente. El interior lo descubrimos cuando la persona piensa sobre sí misma y cuando está a solas consigo misma en silencio. Pero, desgraciadamente, hoy tenemos con esto un problema serio. La persona actual está tan acelerada en este mundo que no soporta el silencio. Todo el tiempo estamos fuera de nosotros mismos, tenemos algo que hacer, tenemos algo de lo que ocuparnos. Ya no hablo de adictos al trabajo, es decir, esa obligación por estar ocupado, trabajar, hacer, que hoy se puede ver, se exterioriza, y que a menudo es signo de que simplemente no conseguimos estar dentro de uno mismo, no sabemos estar consigo mismo. Y por eso también hay que aprender lentamente a vivir en silencio. Para que no sea como suele ocurrir hoy en día: entramos a casa, conectamos inmediatamente la televisión, encendemos la radio, ponemos el altavoz y, cuando estamos fuera, tenemos que tener necesariamente los cascos en las orejas. En sí esto no tiene nada malo, por una parte, pero, sin embargo, hay que preguntarse: ¿Cuándo llego a estar sólo conmigo mismo? Entramos al coche e, inmediatamente, encendemos la radio… Es como si todo el tiempo quisiéramos permanecer en la superficie de la vida, como si temiéramos subir al nivel del corazón, a este nivel en el que estamos solos consigo mismos, en el que nos poseemos. Y esto hay que aprenderlo, precisamente en silencio, precisamente en la concentración, aunque trabajemos en silencio. Mucha gente no puede, no consigue trabajar en silencio. Tiene que tener alguna música exterior. Esto en sí tampoco es necesariamente malo. Pero cuando una persona existe sin poder salir a dar un paseo solo o estar consigo mismo, sin poder sentarse solo en el sofá, o cuando la gente no es capaz de tan siquiera leer libros, aunque esto sea ya una ocupación, no es estar a solas. Un libro nos ayuda a leer nuestro interior, escuchar ciertos pensamientos. Viendo alguna imagen, mirando, escuchando algún pensamiento o leyendo las reflexiones de otra gente, comenzamos a entendernos mejor a nosotros mismos. Por eso los libros hoy son tan importantes, sobre todo si no se trata de un libro común, banal, de acción, donde hay pocas de esas reflexiones sobre la persona, sobre observaciones o experiencias de la gente, y cuando son, digamos, novelas, parece haber un poco de estas reflexiones. De modo similar ocurre con este silencio. En este silencio la persona tiene que estar a solas consigo misma, y entonces comienza a poseerse, entonces comienza a vivir las dificultades de estar a solas consigo mismo. Hay gente que se han comprometido tanto en este mundo, que han quedado atrapados en este torbellino que nos atrapa a todos sin excepción, religiosos incluidos, que no consiguen ya pasar ni tan siquiera 5 minutos a solas consigo mismos en silencio sin pensar en nada. No hablo ya solo de relación con Dios, ni siquiera de oración. Simplemente de estar a solas consigo mismo. Hoy, para la persona contemporánea, esto es un enorme problema. Y por eso a menudo no se descubre a sí mismo, no descubre su propia identidad. A menudo tiene miedo de sí. Ocurre que el único tabú que hoy vemos no es ni siquiera este mundo, pues conocemos cada vez mejor este mundo, cada vez más podemos sentarnos frente al televisor y ver países, lugares, experiencias de gente, vivir en estas u otras esferas de la vida de la gente, pero a menudo no nos conocemos ni a nosotros. El mayor tabú, la mayor incógnita, que rodeamos para no tocarla, es que estamos hoy solos para nosotros mismos. Este tabú es la persona de hoy sola para sí. De ahí también que este enorme problema exista en la gente de hoy que muy rápidamente se aburren de este mundo.  Si la persona no vive su propio interior, entonces este mundo parece ser, bueno, de hecho es así, sin admiración por el mundo. No tiene admiración por la realidad que podemos descubrir. Contrariamente a todas las apariencias, el mundo puede aburrirse muy rápidamente. No porque ya no sea interesante, sino porque no miramos al mundo, a los acontecimientos, a la gente, a los problemas, a los asuntos, a las experiencias de la gente… no lo miramos desde la perspectiva interior, sino que lo miramos con ojos externos. De ahí también que nos aburramos también rápidamente del mundo. Nos aburre muy rápido incluso la vida sexual. También muy rápido nos aburrimos de la amistad con otra persona… Cuando una persona no mira a la vida desde la perspectiva del propio interior, desde el interior de sí mismo no mira al mundo. El mundo se vuelve un lugar común, nos aburre. Los grandes escritores, de principio del siglo XX y primera mitad del siglo XX, hablaban sobre este llamado “aburrimiento” o incluso “nauseas”, cuando una persona se aburre simplemente de la vida, no porque no sea en sí ya interesante, sino porque nos parece que la vida simplemente es como es, no tiene nada en especial, según este dicho: “El caballo es lo que todo el mundo ve”. Pero no, de verdad que no. Todo adquiere otra dimensión cuando miramos al mundo desde la perspectiva interior. Y descubrimos mejor este interior descubriendo a Dios. Y para ello, el silencio nos es tan necesario. Nos es necesario estar a solas con uno mismo. Hay que entrar en la habitación. Hay que descubrir este corazón espiritual, nuestro corazón espiritual, del cual la persona hoy huye. Huye también porque teme no poder lidiar con lo que encuentre. Teme el silencio interior. A menudo no hay precisamente un guía para que alguien le permita entrar en el propio interior. ¿Qué hacer ahí? ¿Qué significa simplemente estar? ¿Miro al techo, al espacio? ¿Por qué tengo que estar a solas conmigo? Y hay que vencer esta primera resistencia, esta primera incomprensión. Recuerdo cuando cierto artista contemporáneo, polaco, presentó su trabajo en un museo en Londres, de arte moderno. Su exposición, su trabajo, parecía de tal manera que fuera un tipo de cofre, al que sólo podían entrar algunas personas. Este cofre estaba en total oscuridad. Estaba también cubierto por una cortina y cuando un grupito de 4-5 personas entraba en el interior, se encontraba en completa oscuridad. Cosa curiosa que al principio no se veía nada, no sabían para qué estaban allí, qué significaría esa oscuridad, sólo para sentarse en la oscuridad… Tras diez minutos, lo conocido como acomodación, es decir, cuando el ojo humano se ha acostumbrado a la oscuridad, esta gente comenzaba a reconocer lentamente que, en medio, no hay sólo oscuridad, que hay allí formas, que hay algunas esculturas, algunos cuadros, que se podían ver; que precisamente después de 10-15 minutos, en los cuales se encontraban, comenzaron a mirar por todas partes y esta oscuridad se convirtió para ellos en claridad. Comenzaron a fijarse los unos en los otros. Resultó que ahí había alguna luz, aunque primero tenían que pasar por esta barrera de la oscuridad, de esta, diríamos, incomprensión, de esta falta de sentido. Esta es una simple experiencia que mucha gente mayor asocia con lo que ocurre simplemente en la sombra, que ocurre cuando se está en la sombra, ilustra muy bien qué dificultades hay que pasar y vencer para poder estar a solas con uno mismo, para descubrir el propio interior, para descubrir el propio corazón. Merece la pena hacerlo en relación con nuestro Dios.

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